Un libro titulado Las flores suicidas

Las flores en Zebras

Librería Zebras, Almería

Dice don Antonio Machado en el Juan de Mairena que lo que se escribe y no se publica es como un pecado que no se confiesa y que se te pudre en el alma. Lo llama Machado el maleficio de lo inédito. Algo que te pesa, que te persigue. En 2011, mi amigo Miguel Naveros me planteó la posibilidad de publicar mi segunda novela a través del Instituto de Estudios Almerienses, del que era director. Sin duda quería librarme de ese maleficio al que se refiere don Antonio, que me tenía como atrapado en un tiempo parecido al de Rip Van Winkle en el bosque donde se queda dormido. Le dije a Miguel Naveros que la novela no, pero que podía reunir una serie de cuentos dispersos, corregir por completo un relato largo que dejé fuera de mi primer libro, escribir uno nuevo que cerrase el conjunto y presentarlo a la convocatoria correspondiente. Y salió Pasadizos, un libro que acabó dándome más alegrías de las que yo esperaba. Entre otras, el sentirme liberado del maleficio de lo inédito, no en lo tocante a esa segunda novela, tan maldita ella, pero sí a mí, a mí como escritor que no publicaba.

Abrí un blog, “Los pasadizos del Loser” (el Loser era un local de copas imaginario en que se desarrollaba una parte importante de mi primera novela, El veneno de la fatiga) y he escrito ahí más de doscientos textos en los que he puesto tanto cuidado como si se tratara de una parte de mi obra literaria. Y en algún momento decidí escribir otro libro. De relatos también, pero esta vez escritos con una voluntad de conformar, de algún modo, una unidad.

Como resultado, cinco relatos que no se parecen en nada, con voces narrativas diferentes, con estilos distintos y argumentos completamente independientes, pero sutilmente relacionados todos entre sí por una idea: lo frágil que es la vida, lo frágil que es también la seguridad de lo que creemos estable a nuestro alrededor.

Empecé por el cuento que yo sabía que iba a ser el último. Se trataba de convertir en un relato un texto escrito para una tercera novela que no existirá nunca en los términos imaginados, un largo monólogo de alguien, un hombre mayor, profesor de instituto, que ha estado años reuniendo ciertas informaciones aparecidas en los medios de comunicación que apartadas de toda la demás faramalla estaban poniendo de manifiesto, a su entender, lo que parecía un vertiginoso proceso de autodestrucción en el que estaba embarcada la Humanidad. Naturalmente, esa obsesión le lleva a ser tomado por alguien que empieza a ver perturbadas sus facultades mentales. El Quijote hoy no se habría creído que es verdad lo que cuentan las novelas: hubiera creído que son verdad esas teorías que dicen que estamos encaminándonos muy rápidamente hacia algo catastrófico. En definitiva, los seres humanos seríamos, por nuestra temeridad, como esas flores suicidas de las que escribió Ramón Gómez de la Serna: las que crecen entre los carriles de las vías del tren. Y para que realmente fuera un relato, hice que ese largo monólogo formara parte de un determinado pasaje de la historia de una familia marcada por la soledad.

A partir de ahí, fui escribiendo todos los demás cuentos. Para el primero inventé una historia sobre cómo el miedo puede llegar a destruir una ciudad. En otro cuento quise llevar al extremo la dificultad para diferenciar la realidad de la ficción, haciéndole pasar al lector de un género literario a otro sin que llegase a estar seguro de cuál era la historia real y la imaginada. Y luego escribí dos relatos muy distintos formalmente en los que quise incluir el miedo a perder el trabajo, o a no encontrar otro cuando se pierde. Están escritos en lo peor de la crisis, cuando oíamos mucho decir aquello de que “sabemos que la gente lo está pasando mal”, y uno siempre tenía la idea de que quienes lo decían en realidad no sabían hasta qué punto la gente lo estaba pasando mal, hasta qué punto muchos lo siguen pasando mal todavía.

Cinco relatos. Que todos ellos, de un modo u otro, acaben girando hacia lo fantástico, forma parte de mi manera de entender la realidad.

Las editoriales españolas publicaron el año pasado 81.391 títulos en todos los formatos y en todas las lenguas. El 16 por ciento de esas obras eran de ficción, o lo que es lo mismo, 13.022. Y en alguien como yo es inevitable pensar, en algún momento, a pesar de todo, si merece realmente la pena añadir más páginas a ese océano de palabras impresas, de historias, de personajes. La respuesta que yo puedo dar es que se trata de mi manera de comunicarme con el mundo, aunque se trate de una pequeña parte del mundo: inventar historias y contarlas, desde niño.

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Presentación en Zebras, con Miguel Ángel Muñoz. 16 de junio de 2017

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