Juan Herrezuelo

foto - Juan Herrezuelo - copiaJuan Escolástico Fernández Herrezuelo, en realidad. Nací en Palencia en 1966, y estudié en el Colegio Marista Castilla, de grato recuerdo. En 1978 me trasladé a Almería, ciudad en la actualmente vivo y en cuya Universidad me licencié en Filología Hispánica. Fui miembro de la Tertulia literaria de la Calle Suipacha. Mi primer libro, un conjunto de relatos titulado Desde el lugar donde me oculto, fue publicado en 1992 por la Caja General de Ahorros de Granada en una colección literaria dirigida por Antonio Muñoz Molina y Luis García Montero. A partir de mi segundo libro, la novela El veneno de la fatiga, publicada por la editorial Alianza en 1999, he venido firmando mis obras de ficción y artículos como Juan Herrezuelo. Mi tercer libro, una nueva colección de relatos con el título Pasadizos, fue finalista del Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos Publicado en España 2011. En 2017 he publicado mi tercer libro de cuentos, Las flores suicidas. Soy miembro de Instituto de Estudios Almerienses.

He participado en los libros colectivos Cuentos engranados (TransBooks, 2013) y Palencia. Palabra y luz (Diputación provincial de Palencia, 2013)

Soy colaborador ocasional en prensa escrita, así como del Centro Andaluz de las Letras. He colaborado igualmente con la galería MECA Mediterráneo Centro de Arte, con los Cursos de Verano de la Universidad de Almería y con las revistas Turia, El Toro Celeste o Análisis.

Muñoz Molina, Herrezuelo y Luis Suñén

Entre Antonio Muñoz Molina y Luis Suñén en la presentación de El veneno de la fatiga (1999)

Castilla

Es el horizonte que ni quiero ni podría perder aunque quisiera, aquél en el que están hundidas mis raíces, el horizonte del que proviene este sabor que hay en mi sangre, este gusto a cereal y a piel de oveja recién curtida y a uva de majuelo familiar, este eco de dulzainas rizando apenas las aguas lentísimas del Canal, este zureo en el vientre de un palomar o el crotorar de una cigüeña en lo alto de una espadaña, esta aspereza de adobe en la yema de los dedos y el dolor punzante de los cantos del río en la planta de los pies.

Primeras lecturas

Nada nos acerca tanto al niño que fuimos como el recuerdo de nuestras primeras lecturas. Cuando tantas cosas han ido desvaneciéndose en la memoria, la absoluta abstracción con la que entonces nos entregábamos a las páginas de un libro permanece imborrable. En realidad, no había tales páginas, salvo quizá si el encantamiento se interrumpía y el feroz asedio a un fortín en una remota isla de piratas o el combate cuerpo a cuerpo entre un hombre y un oso volvían a convertirse en nada más que letra impresa. Leer era exactamente entrar a formar parte de aquello que se nos contaba, oler la pólvora en el aire, el humo de una pipa curva o la piel chamuscada de unos párpados, escuchar el acerado entrechocar de dos sables en un duelo o el lamento de un violín, paladear el entonces inimaginable sabor del ron, sentir sobre ti la adusta mirada del capitán de una nave submarina o en los dedos el tacto endurecido de un sello de lacre. Hablo, naturalmente, de Stevenson, de Verne, de Conan Doyle.

Juan carnet 2 - copiaCuando tenía diez años, cayeron en mis manos los primeros libros de una colección de la que habría de convertirme en gozoso rehén: Alfred Hitchcock y los tres investigadores. Me fascinaban las ilustraciones de sus portadas, sus turbadores títulos, la familiaridad de sus lomos verdes. Júpiter Jones, Pete Crenshaw y Bob Andrews eran mis amigos, les seguía en sus enmarañadas e inconcebibles aventuras californianas, trataba de resolver con ellos acertijos de los que muchas veces dependía la resolución del misterio. Aquellos libros inspiraron mi primera agencia de detectives: tres críos que nos repartimos los nombres de los tres personajes, llevábamos en nuestros bolsillos una esmerada reproducción a mano de sus famosas tarjetas de visita (con aquellos tres interrogantes) y seguíamos a nuestros profesores discretamente a la salida del colegio, convencidos de que antes o después sus pasos nos guiarían hasta alguna intriga. Devoré sus historias, la mayoría de la biblioteca del colegio, desde  Misterio en el castillo del terror hasta Misterio del diablo danzante, veinticinco títulos, pero cuando salió el vigésimo sexto, hacia 1978, yo andaba ya en compañía de Hercules Poirot y de Miss Marple, todo un avance en mi carrera contra el delito.

No sé cuántos crímenes dormidos, cuántos templetes, cuántas vicarías, cuántas guías de ferrocarril, cuántos campos de golf y piscinas, cuántas dagas damasquinadas y venenos y pistolas, cuántas manchas de sangre y nóminas de personajes y planos de habitación y sospechosos y culpables pasaron por mis manos. Sé que leí también otras novelas, pero aquellos años los recuerdo sobre todo intentando que no se me pasara por alto ni una sola pista dejada por Agatha Christie, quien no pocas veces se decidía al final por alguna trampa de última hora que no se justificaba en modo alguno con lo relatado hasta entonces y hacía inútil el sobreesfuerzo de nuestras propias células grises.

Y he aquí que en mayo de 1981 llegaron a los kioscos los dos primeros números de una colección que pasado el tiempo ha adquirido dimensiones míticas, pues para una generación de ávidos lectores supuso, para empezar, el descubrimiento de la literatura policiaca en la totalidad de sus corrientes: la novela-problema, la criminal, la negra, la de espionaje, todo al alcance de la mano cada semana. Esta colección se llamó Club del Misterio. Tenía el formato de las viejas Pulp Magazine de los años treinta, como Dime Detective Monhtly o Black Mask, a dos columnas y con ilustraciones, y me permitieron adentrarme en el universo de Hammett, Chandler, Stanley Gardner, Ross Macdonald, Ellery Queen, Hadley Chase, Geoffrey Homes, M. Cain, Donald Henderson Clarke, Burnett, Irish, John D. MacDonald, Auguste le Breton, Japrisot y Simenon, y Scerbanenco, y Spillane, y Jim Thomson, pero también Poe, y Highsmith y Somerset Maugham y Chesterton y Balzac y Borges … Decenas y decenas de grandes escritores, cuyas obras leía con fruición (y muchas veces a escondidas) e iban abriendo ante mí otros caminos, los que conducían a Vázquez Montalbán, a Dostoiveski, a Sabato, a Camus, a Hemingway, a García Márquez, a  Faulkner, a Italo Calvino, a mis maestros más amados, Julio Cortázar y Francis Scott Fitzgerald…, como irrigando una arborescencia de capilares en que libro a libro se extendía y enmarañaba mi pasión por la literatura.

juan herrezuelo veneno de la fatiga

Foto: Antonio Jesús García

Identidades

Cuando cumplí doce años, un desorientado profesor puso en antecedentes a mi padre de lo que al parecer constituía un rasgo preocupante de mi carácter: tenía varias maneras de escribir, de tal manera que le era imposible identificar mi caligrafía entre la caligrafía de tantos. He sembrado mi vida de pistas falsas: he jugado a combinar mis dos nombres y mis apellidos de todas las formas posibles, y para cada una de esas variantes hay como una existencia distinta, un yo que se repitiera en un laberinto de espejos; puedo lucir barba o no, llevar gafas o no llevarlas, estar eufórico o taciturno. Sólo un detalle he sido incapaz de modificar (lo hará la vejez): mi metro ochenta y nueve de altura. Resulta difícil explicar que no siempre desea uno ser quien peor disimula su presencia.